La última creación de Woody Allen presenta una
paradoja: si bien es protagonizada por mujeres y la narración se centra en
ellas, se trata de mujeres que dependen de los hombres; de uno que las ame o
haga semblante de hacerlo, para lo cual debe cumplir con ciertos requisitos. A
Jazmine, interpretada por una Cate Blanchet que brinda una clase magistral de
actuación, se le ha desvanecido el mundo que había tejido alrededor de su
marido, un especulador empresario, tramposo tanto en los negocios como en el
matrimonio.
Jazmine no tiene vida propia (hasta reemplaza su
nombre por uno que suene mejor), carece de intereses y proyectos que la
entusiasmen. Su vida de compras por las tiendas lujosas de la ciudad ha quedado
atrás; sola y sin un dólar, acude a vivir por un tiempo a lo de su hermana “pobre”,
quien la recibe con buena voluntad pese a los desplantes que ha recibido de
ella en el pasado. Allí, chocará con el novio de la hermana, un hombre
ordinario según ella, en una trama con resabios a “Un tranvía llamado deseo”.
Mediante una serie de idas y venidas en el tiempo, Allen nos va revelando la
historia de ambas hermanas de adopción.

Lejos de un replanteo serio de vida, Jazmine buscará
por todos los medios otro hombre que le devuelva ese mundo perdido, un
reemplazo del anterior, un hombre que haga las veces de prótesis, que la vuelva
a situar en ese mundo de apariencias.
No hay príncipe azul ni cuento de hadas en Blue
Jazmine. La protagonista comienza y termina la obra hablando sola, aislada en
un sentido del que no puede escapar.
La película puede ser vista como un caso clínico
pero ofrece varias lecturas, dado que la crisis en los negocios del marido
empresario remite a la crisis financiera que sacudió a los Estados Unidos y, en
mayor o menor medida, al resto dl mundo. Allen no se priva de subrayar la
banalidad, la pobreza de espíritu de la clase corporativa que causó la crisis,
cuyas consecuencias afectan las vidas de los personajes. El montaje paralelo
que alterna los tiempo de bonanza y ocaso de Jazmine, permite confrontar las
figuras envueltas en el ocio aristocrático con la gente común, laburante; y si
algo parecido a la felicidad se vislumbra en la historia, se parece más a una
pizza compartida entre amigos que a todo lo que puede comprarse en Park Avenue.
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