Mostrando entradas con la etiqueta woody allen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta woody allen. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cine - Blue Jazmine


La última creación de Woody Allen presenta una paradoja: si bien es protagonizada por mujeres y la narración se centra en ellas, se trata de mujeres que dependen de los hombres; de uno que las ame o haga semblante de hacerlo, para lo cual debe cumplir con ciertos requisitos. A Jazmine, interpretada por una Cate Blanchet que brinda una clase magistral de actuación, se le ha desvanecido el mundo que había tejido alrededor de su marido, un especulador empresario, tramposo tanto en los negocios como en el matrimonio.

Jazmine no tiene vida propia (hasta reemplaza su nombre por uno que suene mejor), carece de intereses y proyectos que la entusiasmen. Su vida de compras por las tiendas lujosas de la ciudad ha quedado atrás; sola y sin un dólar, acude a vivir por un tiempo a lo de su hermana “pobre”, quien la recibe con buena voluntad pese a los desplantes que ha recibido de ella en el pasado. Allí, chocará con el novio de la hermana, un hombre ordinario según ella, en una trama con resabios a “Un tranvía llamado deseo”. Mediante una serie de idas y venidas en el tiempo, Allen nos va revelando la historia de ambas hermanas de adopción.

Lejos de un replanteo serio de vida, Jazmine buscará por todos los medios otro hombre que le devuelva ese mundo perdido, un reemplazo del anterior, un hombre que haga las veces de prótesis, que la vuelva a situar en ese mundo de apariencias.

No hay príncipe azul ni cuento de hadas en Blue Jazmine. La protagonista comienza y termina la obra hablando sola, aislada en un sentido del que no puede escapar.

La película puede ser vista como un caso clínico pero ofrece varias lecturas, dado que la crisis en los negocios del marido empresario remite a la crisis financiera que sacudió a los Estados Unidos y, en mayor o menor medida, al resto dl mundo. Allen no se priva de subrayar la banalidad, la pobreza de espíritu de la clase corporativa que causó la crisis, cuyas consecuencias afectan las vidas de los personajes. El montaje paralelo que alterna los tiempo de bonanza y ocaso de Jazmine, permite confrontar las figuras envueltas en el ocio aristocrático con la gente común, laburante; y si algo parecido a la felicidad se vislumbra en la historia, se parece más a una pizza compartida entre amigos que a todo lo que puede comprarse en Park Avenue.

viernes, 24 de agosto de 2012

Cine - Woody Allen - A Roma con amor

Parece haberse convertido en un clisé decir, ante el estreno de cada uno de sus nuevos films, que no estamos ante la mejor película de Woody Allen. Este lugar común, repetido hasta el abuso en las reseñas más el afán despectivo que encierra, resulta sospechoso cuando menos de pereza de parte del crítico, amén de cuestiones casi inadmisibles como que le asignen “dos estrellas” de puntuación cuando no se privan de ponerle cuatro a cualquier “tanque” de Hollywood.
Roma es un film absolutamente disfrutable, con momentos disparatados y unas cuantas ocurrencias dignas de aplauso (no es una apreciación meramente personal; en el cine las risas eran generalizadas). Es una película coral sí, pero que no cae en el lugar común de este tipo de obra. Aquí las historias no se cruzan o, en todo caso, se cruzan con la ciudad de Roma pero nunca entre sí. De los muchos personajes, algunos están más logrados que otros pero los menos acabados resultan como mínimo interesantes o simpáticos y los demás deparan momentos inolvidables. El humor de Woody Allen además de ocurrente, promueve la reflexión, es un humor ácido, que deja al desnudo infinidades de actitudes humanas. Roberto Benigni siempre me ha resultado un plato de difícil digestión pero acá está genial, es el actor justo para el rol y no es el único acierto de Allen en ese sentido. El personaje que se vuelve famoso de la noche a la mañana sin haber hecho nada que lo amerite y que, al poco tiempo y con la misma ligereza, vuelve a ser un don nadie, asoma como una tomada de pelo a esta cultura de realities y de cinco minutos de fama tan en boga en los últimos tiempos, donde las personas son utilizadas y descartadas por los medios. Woody Allen lleva la situación al absurdo de millares de personas interesadas en saber si el personaje de Benigni duerme boca arriba o boca abajo o si prefiere sleeps o boxers, pero basta encender la televisión y hacer una recorrida para encontrar por doquier reportajes por el estilo.

Otra historia muy lograda es la de la provinciana (Alexandra Mastronardi) que idealiza a los artistas. En otra genialidad, Allen nos presenta a un galán de cine, gordo, pelado (Antonio Albanese) y de modales toscos que las mujeres ven como si fuese una deidad.

Se mofa de la hipocresía de las clases altas, con la prostituta (Penélope Cruz) que todos miran con desdén en público y visitan en privado; y también del arte como ritual solemne e impostado, con el tipo que solo puede cantar bien en la ducha. No falta tampoco, uno de sus temas más transitados: la fragilidad de las relaciones de pareja., la seducción, la infidelidad.
En definitiva, Allen nos hace reír mostrando cosas que son “para llorar” y, por momentos, nos hace llorar de la risa.
Roma, además y como si esto fuera poco, ofrece el plus de volver a tener a Woody en la pantalla y, en cada función, la carcajada brota ante el primer bocado que mete.

No me interesa ubicar a “Roma” en un imaginario ranking entre los films del propio Woody Allen, me contento apenas con recomendar una de las mejores películas que pueden verse en nuestra cartelera.

lunes, 8 de agosto de 2011

Cine - Medianoche en París - Woody Allen

Hasta hace algunas décadas atrás solía escucharse todavía eso de que los niños venían de París. Para Woody Allen, lo que viene de París es la inspiración, esa que brota de una serie de hermosos planos de la ciudad con la que inicia la obra; esa que busca Gil (Owen Wilson), escritor de guiones de Hollywood que aspira a ser un gran novelista. Y el hechizo, al revés que en la fábula de la cenicienta, comienza a las doce, momento en que, también un carruaje, lo transportará hasta esa París que, según Hemingway, era una fiesta. Y la fiesta la podremos disfrutar los espectadores, cuánto más ilustrados mejor, dado que en este pasaje fantástico que Allen no se preocupará por explicar, Gil interactuará con Scott Fitzgerald y su mujer Zelda, T.S Elliot, Cole Porter, Gertrude Stein, Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Man Ray, Luis Buñuel. En un momento, como al pasar, Gil le da a Buñuel la idea para la película “El ángel exterminador”. Le propone un grupo de personas que no pueden salir de un salón y se quedan encerrados allí. Buñuel permanece atónito y pregunta: “¿por qué no salen y se van? No entiendo”. Gil le replica: “Porque no pueden”, ante lo que Buñuel insiste no entender. Según pude averiguar, en su momento, el estreno de “El ángel exterminador” deparó innumerables interpretaciones de los críticos, lo que llevó a Buñuel a agradecer socarronamente a los críticos por explicarle lo que él mismo no entendía de su película. De este tipo de detalles hay varios en el film y se pierden si uno no está al tanto de ciertas cuestiones; pero estas referencias están distribuidos de tal modo que no afectan el nudo de la historia, por lo que la película puede resultar más o menos rica para cada espectador sin que se pierda lo esencial.
Otra de las genialidades de Allen consiste en lograr una película muy original partiendo de una acumulación de clisés. Los padres de la novia, son el estereotipo del repúblicano de California. No los mueve otro interés más allá de los negocios y los bienes materiales. No le ven la gracia a caminar bajo la lluvia y cualquier comentario poético de Gil lo adjudican a un tumor cerebral. Estereotipados aparecen también los personajes históricos, y algunos secundarios como el sabelotodo petulante.



Aquí se conforma otra dualidad: el saber de los libros versus el saber de la experiencia. El profesor pedante comienza a dar cátedra sobre uno de los cuadros de Picasso y Gil, quien en una de sus incursiones al pasado presenció las vicisitudes de la creación del cuadro, lo refuta por primera vez. Allen arma todo un hilado de lugares comunes que producen una textura original, con algunos momentos desopilantes como la resolución del asunto del detective privado que le ponen los padres de su novia a seguirlo en sus incursiones nocturnas.


Desde que ha dejado de actuar, Woody Allen ha utilizado alter egos. Owen Wilson es uno de los más logrados: la letra que Allen le da, la pronuncia con la misma cadencia con que Allen lo hacía en sus tiempos de actor. Esto le termina de otorgarle a la obra la fluidez que el guión requería.


Si en la anterior “Conocerás al hombre de tus sueños” teníamos un conjunto de personajes insatisfechos con sus vidas, aquí los tenemos insatisfechos con su tiempo. Gil añora el París de los años veinte, Adriana (Marion Cotillard) añora la belle epoque, los pintores la belle epoque añoran el renacimiento y la rueda sigue hasta que Gil decide bajarse.



En un acto quizás irreverente, me animo a confesar que le hubiera dado a la película un final distinto. Hubiera terminado con Gil caminando solo bajo la lluvia, pero Allen dispone un final feliz, en una última apelación al clisé, lo cual no deja de tener lógica ni impide redondear una gran película. Al fin de cuentas, si de París venían los niños es porque París es la ciudad del amor, por lo que Gil no podría terminar deambulando solo.


La etimología dicta alguna vinculación entre originalidad y origen. Para ser original, Woody Allen vuelve al origen; al París de dónde venían los niños, al París de dónde proviene la inspiración.