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domingo, 20 de marzo de 2011

Teatro - Toc Toc

Toc Toc es una comedia escrita por el francés Laurent Baffie, que nos llega adaptada por Jorge Schussheim y dirigida por Lía Jelín. El título de la obra juega con la sigla “trastorno obsesivo compulsivo” y la onomatopeya que utilizamos para invocar el llamado a una puerta. Puerta por la que irán ingresando una serie de personas exageradamente neurotizadas, cada cual con un síntoma particular a cuestas. Una supuesta sesión de terapia grupal es la excusa para una sucesión de gags que despiertan y sostienen la risa del público desde el primer minuto hasta el último.


Mauricio Dayub construye con destreza un personaje con síndrome de Touré que destila tics e insultos al por mayor totalmente fuera de su control conciente. María Florentino interpreta a una señora que no puede dejar de verificar una y otra vez cada cosa que hace: si tiene las llaves en la cartera, si ha cerrado la llave del gas, todo esto enmarcado, mezclando dos síntomas en uno, en una obsesión por no apartarse de los preceptos de la iglesia. Tenemos también un joven que no puede pisar rayas (Diego Gentile) y una adolescente que repetí dos veces cada cosa que dice. Aquí, Melina Petriella logra dotar de eficacia a un personaje que a priori parecía de relleno. No podía faltar, por supuesto, la mujer obsesionada por la limpieza, los microbios y los contagios (Gimena Riestra), y dejamos para el final la mención del taxista obsesionado con los números, interpretado por Daniel Casablanca. Este último merece un párrafo aparte. Casablanca, integrante fundador del grupo de teatro Los Macocos, es un antidepresivo natural. Un solo gesto de su parte basta para que comencemos a sonreír, y dos o tres intervenciones seguidas para desatar las carcajadas.


Precisamente en las actuaciones se sostiene la obra, cuyo texto promete más de lo que da, ya que no hay un abordaje riguroso de las patologías presentadas, nunca se apunta a la historicidad de cada caso ni se ofrecen siquiera atisbos que permitan comprender cómo se fueron construyendo tales subjetividades. Por otra parte, los personajes son presentados como fenómenos extraños y enfermizos (freaks), muy diferentes de las personas normales que supuestamente integran la audiencia; cuando en verdad, el denominador común entre ellos es que algo en su interior está fuera de control. Denominador común también con cualquiera de los espectadores, ya que, quien se analice un poco con sinceridad se percatará de lo mucho que se mueve en nosotros por fuera de nuestra voluntad. El que tenga todo bajo control que arroje la primera piedra sobre esos seres sufrientes que Baffie caricaturiza como personajes de feria.


La obra muestra, además, cierto infantilismo en su resolución, reproduciendo el desenlace modelo de una obra para niños: el chico se queda con la chica y al final se enuncia una especie de moraleja como para garantizar una enseñanza. Por otra parte, existen algunas fallas notorias en la construcción de la historia. El que la haya visto seguramente se preguntará, luego de la vuelta de tuerca final, cómo hará ese doctor exitoso, para viajar por todo el mundo si nunca le cobra a los pacientes. Agreguemos una más, también comprensible solo para quién haya visto la obra, porque se supone que no debo revelar el final: cómo puede ser un terapeuta famoso si ni siquiera los pacientes lo reconocen como tal.


Este es un blog que se plantea establecer relaciones entre el arte y la salud. Lo más artístico que tiene Toc-Toc son las actuaciones, todas muy buenas, algunas soberbias; y lo más terapéutico que podemos encontrar, en una obra que va del estereotipo a la parodia, son las risas que logra del espectador. Creo que la idea daba para más, aunque reírse durante cien minutos sin parar no es algo para despreciar.

domingo, 27 de febrero de 2011

Danza - Juan Moreira


Cuando se nos menciona la palabra mito, tendemos a pensar en la antigua Grecia, pero mitología se construye en todas partes. Juan Moreira, sin ir más lejos, es un mito. Un mito criollo, de procedencia nacional. No por nada, el mito de Juan Moreira, remite a la injusticia, a la corrupción y a la rabia que generan. Algo tendremos que ver como país con estos temas. Juan Moreira, también habla del coraje, para no ponernos tan negativos.

En el origen de una cultura, lo que encontramos son mitos. En Juan Moreira podemos contemplar, amparados en la cercanía en el tiempo, la construcción de uno. El mito parte de ciertos hechos. Juan Moreira existió. Fue un gaucho, fugitivo de la ley, muerto por la policía alrededor de 1874. Sobre ese gaucho real, Eduardo Gutierrez noveló, en 1880, un personaje. Años más tarde, el circo de los hermanos Podestá, tomaría ese personaje y lo prolongaría en el tiempo a través de un espectáculo circense. En 1948 se hizo una película y, mucho más cerca, en la década del setenta, Leonardo Favio haría la suya, protagonizada por Rodolfo Bebán.

Un mito es una narración fundamental, en tanto apunta a temas básicos de la existencia de una cultura; narración disparada siempre por un suceso histórico que luego el arte, en sus distintas formas se encarga de trasladar en el tiempo.


En estos días, el Ballet Folklórico Nacional, reaviva el mito de Juan Moreira. Bajo la dirección de Leonardo Napoli, con las sutiles coreografías de Margarita Fernández, guión de Manuel Macarini y el propio Napoli, más la musicalización de Agustín Leyes y Luis María Serra, se presentó en el Teatro Nacional Cervantes un espectáculo de tal calidad, que logra conmover incluso a un público desacostumbrado a los espectáculos de danza. En la obra, casi no se habla, unas pocas canciones tienen letra. La historia se cuenta mediante la danza.

Juan Moreira era un gaucho trabajador al que se le empieza a complicar la vida cuando se enamora de Vicenta, quien también era pretendida por un teniente (algunas versiones dicen alcalde) de la zona. Juan Moreira le había prestado dinero al almacenero del pueblo y este no se lo quiere pagar. Cuando Moreira reclama el dinero, el almacenero niega la deuda y el teniente aprovecha la ocasión para castigar a Moreira con el cepo. Moreira, indignado, jura venganza y la cumple, con lo que se transforma en un delincuente forajido. En algún momento, un político le ofrece indulto a cambio de servicios pero luego lo traicionará.

Todo esto es narrado a través de la danza. Danza que es amor, niño que nace; danza que es bronca, venganza consumada; zapateo que es pelea y corrupción. Baile que es tentación, muerte al acecho. Danza que transmite y emociona. Todo se entiende. Música, coreografía, vestuario, cuerpos que bailan. Eso alcanza para narrar y estremecer a un público heterogéneo que mezclaba “entendidos” con asistentes ocasionales a este tipo de espectáculos. Había gente mayor, jóvenes que nunca oyeron de Leonardo Favio ni Rodolfo Bebán y hasta niños también. Todos siguiendo con interés una historia que se desarrolla casi sin palabras pero con una mezcla de claridad, perspicacia y belleza que desemboca en un final contundente que la obra va preparando desde el principio. Hacía tiempo que no participaba de una ovación así en un teatro.


Aplausos merecidos para una historia que recrea el mito del hombre bueno llevado a volcarse al crimen en respuesta a las injusticias de un poder arbitrario. ¿Cuántos de los criminales de los que tanto nos quejamos los habremos estado cocinando a fuego lento a partir de la inequidad, la exclusión y la injusticia que todavía nos rodea? Este tipo de preguntas puede despertar una obra como esta.

sábado, 29 de enero de 2011

Festival de Teatro Infantil - Necochea 2011

Todos los veranos en Necochea se celebra el Festival de Teatro Infantil, siendo el de este año el número cincuenta. En el mismo concursan obras de todo el país y constituye un evento interesante para palpar el estado de cosas en lo que a este ámbito se refiere.

De casi todas las obras se puede rescatar siempre algo, aunque más no sea un bichito de luz que rockanrolea con “Humo sobre el agua” de Deep Purple o un gusano que baila breakdance. Los chicos suelen divertirse y, en algunos casos, los grandes también.

En líneas argumentales, no hay demasiadas novedades: reversiones de clásicos como el Mago de Oz por ejemplo y cantidad de historias con moralejas para chicos como la de la hormiguita rebelde que no quiere trabajar y pasa una serie de penurias hasta que comprende que no hay nada mejor que reintegrarse al trabajo del hormiguero. El tema en el que más se insistió en las obras de este año pareció ser el de la mentira, lo cual acarreó algunas contradicciones, como la generada por la funcionaria quien, luego de ponderar el valor del mensaje sobre la importancia de no mentir, utilizó el gastado recurso de decir que no había preparado discurso para luego destaparse con una andanada de citas y datos memorizados.


De todos modos, y por suerte, siempre hay artistas dando vueltas. En esta ocasión quiero destacar a Emiliano Dionisi, director de “Papanatas”, una de las gratas sorpresas del festival. La obra, basada libremente en “El atolondrado o los contratiempos” de Moliere tiene el mérito de desatar la risa tanto de grandes como de chicos, cosa nada sencilla. Dionisi lo logra a través de un fluir interdisciplinario que hilvana buenas actuaciones con recursos circenses y una estética que fusiona el comic con el habla porteña.

El humor nace de la confluencia de Mascarilla, encarnación del “vivo” que apela a todo tipo de manipulaciones para obtener sus objetivos y Leilo, el “papanatas” del título, personaje cándido e inocente, incapaz de sostener tramoya alguna.

Papanatas puede destilar un mensaje pero nunca lo subraya, sino que lo entrega con sutileza, entre risas y piruetas.